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PATAS CON TIERRA

PATAS CON TIERRA

 

image1Por Danilo Pedamonte Gómez

Podrían decirse infinidad de cosas cuando hablamos de “patas con tierra”. Pero de niño me acostumbraron a andar con un trapito en los bolsillos. Hoy es casi imposible que no lo ande trayendo, siempre en el bolsillo trasero del pantalón, bien doblado, bien oculto.

No soy de los tipos del pañuelo, esos tipos que lo traen delicadamente doblado, planchado, estiradito, pero si ocupo confort (ojo, que antes no ocupábamos el nombre de papel higiénico)o pañuelos desechables, según mi opinión es por un tema de higiene y también no me veo planchado ese cuadrado ya gastado de tanto sonarse. Volviendo al tema del trapito, es cierto que es por una cuestión de andar impeque, siempre con los zapatos bien lustrados, brillosos, incluso aun cuando trabajaba en la mina, todas las noches antes de acostarme, le sacaba la tierra a los zapatos, los embetunaba, y los escobillaba bien hasta que quedaran presentables. Muchos me han dicho que soy un traumado de la época en que hice el servicio militar, pero lo chistoso de eso, es que nunca lo hice, no por cobarde o porque me diera miedo, si no, porque odio hacer filas.  Explicando el temita de la fila, resulta que el día cuando fui a inscribirme al cantón de reclutamiento, en aquel entonces trabajaba para una empresa de cobranza de telefonía y créditos hipotecarios, rara mezcla, pero pega es pega. Al llegar al cantón, éramos más de 50 adolescentes, todos tímidamente mirando a ningún lado, en aquellos años el celular era de pocos, por lo tanto todos con nuestros mp3 o mp4. Eran alrededor de las 12:00 horas, la fila no avanzaba, y siempre he detestado esperar, entonces solo me fui, y como nadie me dijo nada, seguí mi camino y al día después ya había renunciado a la empresa, odiaba cobrar, siempre me dolió hacerlo, no podía borrarme los rostros de todas esas personas mirando tristemente  y pidiéndome por favor alguna rebaja a la deuda.

                Fue mi padre quien me enseño lo del trapito, fue él quien dejó ese habito en mí, y cuando converso con muchos otros de la misma época mía, les pasa lo mismo, el trapito, la importancia de los zapatos limpios, la preocupación mañanera, o también del pantalón con la línea al medio, la ropa planchada con cuidado, no sé si es algo que nos queda de los tiempos del Chile pre-juicioso, de esa preocupación por cómo anda uno, o por como andas te tratan, pero en entre tira y afloja aún sigue existiendo lo del prejuicio. No sé, si esta eso en nosotros que venimos de las poblaciones, eso del cuidado de verse ordenado, porque si uno le da vueltas al tema, con suerte después de los 90 se preocuparon de pavimentar esos paisajes colonizados por obreros mal pagados, oriundos de esa suerte siempre hecha a puro ñeque, y que incluso para argumentar la situación, debo decir que tener alcantarillado era un lujo de pocos. Pero éramos con patas con tierras es cierto, bajábamos al centro con mil pesos en los bolsillos,  lo más limpios y decentes que podíamos, peinados para el lado, con la mejor pinta, esa que había sido regalo de navidad o pascua. Entrabamos al edificio caracol, ese mall ochentero, noventero, en fin era un mall para nosotros. Dábamos unas vueltas, nos tomábamos su coca-cola, mirábamos chiquillas, descubríamos el mundo, huíamos de los tierrales, salíamos de ese mundo distinto, eran otros tiempos, eran momentos en que parecíamos todos iguales, pero siempre distintos, siempre alcanzando estrellas, siempre soñando con algo más, siempre imaginando como sería el futuro.

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